Cuando se habla de discapacidad en ámbitos científicos o institucionales, este término se relaciona inmediatamente con otros como prevención, atención temprana, integración educativa, empleo, accesibilidad, rehabilitación, etc. Todos estos ámbitos de investigación o intervención evocan, en la medida en que sus destinatarios sean de que se trate, la figura de las personas que presentan necesidades especiales durante la infancia, la juventud o la vida adulta. Muy rara vez la discapacidad está relacionada con el envejecimiento.
El envejecimiento demográfico, un fenómeno positivo en sí mismo porque cada vez vivimos más, plantea sin embargo grandes desafíos a las sociedades modernas. Se está tratando de responderles desde diferentes países, así como desde organismos internacionales. Naciones Unidas está impulsando una serie de iniciativas en todos los países para intentar adaptarse a la enorme transformación social que está provocando el fenómeno del envejecimiento, que va mucho más allá de lo que es el ámbito de las políticas sociales, a pesar de ser tan importante.
Pero limitándonos al marco de éstas, podemos asegurar que, en el caso de las personas con discapacidad, estamos ante una nueva necesidad social que puede convertirse en un problema de difícil solución, sobre todo porque, por su novedad, es no tiene suficiente conocimiento sobre aquellos programas, recursos y servicios que pueden ser más adecuados para responder plenamente a las necesidades de las personas mayores con discapacidades.
No sólo hay que pensar, por otro lado, en las personas afectadas por las carencias. Sus familias, que a lo largo de su vida han sido su sostén y sostén, también envejecen. La incertidumbre sobre el futuro de sus hijos o hijas cuando no pueden seguir cuidándolos o cuando desaparecen actúa como un factor altamente estresante que añade un ingrediente negativo al propio proceso de envejecimiento.
A lo largo de la historia de la psicología han sido múltiples los enfoques y teorías que han ido surgiendo con el objetivo de explicar cómo funciona la mente humana, qué mecanismos psicológicos influyen y participan en nuestro comportamiento e incluso cómo pueden ser alterados de manera que los patrones desadaptativos de pensando y actuando en forma de trastornos mentales. produciendo.
Pero, ¿cuáles son los trastornos más frecuentes a los que nos enfrentamos cuando hablamos de personas mayores con Discapacidad Intelectual? ¿Cómo poder dar respuesta a sus necesidades emocionales en los servicios residenciales desde las nuevas terapias de tercera generación?
Trastornos psicoemocionales
Las personas con discapacidad intelectual presentan los mismos tipos de trastornos psicoemocionales derivados de otros más profundos como los psiquiátricos, que la población en general, aunque las circunstancias vitales y el nivel de funcionamiento intelectual pueden alterar la manifestación de los síntomas, haciendo que la vulnerabilidad a sufrir de estos trastornos es mayor.
Alrededor del 20-35% de las personas con discapacidad intelectual sufren algún trastorno psiquiátrico. Los trastornos mentales y del comportamiento también ocurren a lo largo de la vida y con mayor frecuencia.
Los más relacionados con la discapacidad intelectual son el trastorno por déficit de atención/hiperactividad (30-50%), los trastornos afectivos (50%), los trastornos conductuales y adaptativos, la esquizofrenia (2-3%) y los trastornos de personalidad (esquizoide, paranoide, narcisista, evitativo). y antisociales). Sin embargo, los síntomas pueden presentarse de forma diferente y complicar el diagnóstico, principalmente por problemas expresivos (tienen dificultades para expresar sus problemas) y de lenguaje. El diagnóstico es complicado cuando el trastorno psiquiátrico se manifiesta como un trastorno del comportamiento y los síntomas pueden atribuirse erróneamente a la discapacidad intelectual en lugar del trastorno psiquiátrico.
Los adultos mayores experimentan una serie de pérdidas, asociadas a la edad, en sus capacidades físicas, emocionales y psicológicas. Las personas con discapacidad intelectual muestran un declive más marcado en los aspectos cognitivos y afectivos cuando tienen un grado de discapacidad leve o moderado, sin embargo, cuanto mayor es la deficiencia, menor es el nivel de desarrollo alcanzado, y por lo tanto el deterioro cognitivo debe ser menor. Se podría decir que “quien más tiene, más pierde”.
La presencia de trastornos psiquiátricos reduce la calidad de vida de las personas con discapacidad intelectual y altera su funcionamiento diario, haciéndose más evidente en las personas mayores.
Los trastornos emocionales en personas con discapacidad intelectual no tienen una etiología diferente a esos mismos trastornos en la población general, y además resultan de la interacción de muchos factores: biológicos y psicosociales (etiquetado, rechazo social, restricción de oportunidades, vulnerabilidad al abuso, etc). Estos factores contribuyen a que las personas con discapacidad intelectual desarrollen desajustes emocionales y carezcan de los recursos cognitivos necesarios para afrontarlos. Cualquier acontecimiento vital puede provocar una situación de estrés o depresión en una persona con discapacidad intelectual.
Ansiedad
Un trastorno de ansiedad puede desencadenarse en diferentes situaciones; como una excesiva demanda ambiental o una modificación en la rutina diaria de la persona mayor con discapacidad intelectual. Los comportamientos que pueden aparecer en estas situaciones son: agitación, irritabilidad, agresividad o ataques de pánico.
Ansiedad social
La ansiedad social es un trastorno al que los especialistas han prestado poca atención en relación con las personas con discapacidad intelectual. Se puede definir como el miedo a la evaluación negativa que sufre una persona cuando fracasa en sus relaciones interpersonales y no consigue satisfacer socialmente la imagen que quiere dar. Implica sentimientos de aprensión, preocupación excesiva por uno mismo y malestar emocional en situaciones sociales.
Para que una persona con discapacidad intelectual experimente ansiedad social, debe tener un coeficiente intelectual lo suficientemente alto como para permitirle reconocerse a sí misma. Cuando es así, y la persona es muy consciente de su comportamiento en público, se generan ideas negativas y se cree inferior a los demás, se desprecia a sí mismo y sobrevalora las demandas sociales.
Trastorno obsesivo-compulsivo
Es un síndrome poco estudiado en comparación con otros. Se caracteriza por presentar obsesiones (ideas persistentes e intrusivas que la persona reconoce como propias) y compulsiones (conductas estereotipadas y repetitivas) que ocupan gran parte del tiempo de la persona e interfieren en su vida.
Es difícil diagnosticar este trastorno en personas con discapacidad intelectual porque tienen dificultad para describir sus pensamientos, darse cuenta de la causa de su obsesión y descubrir la irracionalidad de sus compulsiones.
Depresión
Las manifestaciones depresivas son el problema emocional central en las personas mayores con discapacidad intelectual. Su alta incidencia puede atribuirse a causas biológicas (cambios bioquímicos y fisiológicos), sociales (contacto social) o psicológicas (adaptación a las pérdidas provocadas por el proceso de envejecimiento). Cuando una persona mayor acude a un especialista, manifiesta diferentes conductas depresivas: insomnio, pérdida de concentración, fatiga, ansiedad, quejas somáticas (hipocondría) y pensamientos suicidas.
A la hora de evaluar el funcionamiento afectivo en personas mayores con discapacidad intelectual, es importante tener en cuenta el enmascaramiento que puede producirse por la propia discapacidad intelectual. Todavía no se sabe si la depresión es un factor de riesgo para la demencia o un síntoma acompañante. Para prevenir un posible cuadro depresivo en el proceso de envejecimiento, existen dos procesos importantes muy relacionados con la personalidad del sujeto:
Amor y sexualidad
Es un tema importante en la vida afectiva de la persona con discapacidad intelectual que hasta ahora no había recibido suficiente atención. La relación sexual entre dos personas ayuda a equilibrar a las personas y promueve una vida autónoma que antes no existía.
La concepción, el aborto, la esterilización y el cuidado filial son cuestiones que aún no han sido resueltas satisfactoriamente para todos los implicados (afectados, padres, cuidadores, etc.). Las normas sociales establecidas sobre qué comportamiento sexual es aceptable varían según el nivel cultural, la religión, etc., por lo que una persona puede ver un comportamiento sexual en particular de formas muy diferentes.
La sexualidad de estas personas es tratada inadecuadamente la mayor parte del tiempo: se infantiliza a la persona, se ignora el comportamiento o se muestra un gran asombro ante el problema. Entre los factores que limitan el desarrollo de una sexualidad adecuada encontramos la falta de consentimiento por parte de los padres y profesionales que intervienen rápidamente para frenar esta conducta sexual.
Duelo
Es una reacción emocional natural de las personas que nos permite afrontar todas las pérdidas de nuestra vida. Debemos aceptar que el sufrimiento, la enfermedad, la muerte, las pérdidas en general, forman parte de nuestra vida y generan una serie de sentimientos que es mejor expresar y aprender a tolerar los de otras personas.
Es importante que las personas con discapacidad intelectual pasen por este proceso de duelo y tengan una visión real de lo que es la vida, para poder aceptarla mejor. Es bueno acompañarlos en este proceso, sin negarles el derecho a sufrir (llorar no es señal de debilidad) ni protegerlos en exceso.
Las personas con discapacidad intelectual tienen sentimientos (sufrimiento, rabia) y necesitan expresarlos por muy negativos que sean.
Actualmente, gracias a los avances de la medicina y al aumento de la calidad de vida de las personas con discapacidad intelectual, su esperanza de vida sigue creciendo, siendo, en este momento, prácticamente similar a la de la población general, con todo lo que ello implica en relación a la edad. -cambios relacionados. Por tanto, es necesario planificar nuevas intervenciones, encaminadas a prevenir o mitigar los efectos que estos cambios puedan producir.
Intervención
La intervención psicológica en el ámbito de las personas mayores con discapacidad intelectual, enmarcada, por supuesto, en un marco multidisciplinar, debe ir encaminada a la consecución de los siguientes objetivos:
Para alcanzar estos objetivos de la mejor manera posible, nuestro trabajo debe comenzar en las primeras etapas de la vida de la persona con discapacidad intelectual, con el fin de promover estilos de vida saludables, a través de la Planificación y desarrollo de Programas específicos que, en resumen, podría ser el siguiente:
Una vez alcanzada la edad de riesgo en personas con discapacidad intelectual, que ronda los 45/50
años (40 años en personas con Síndrome de Down y en personas con discapacidad intelectual Severa y Profunda), es recomendable plantearse un Screening, especialmente en aquellas zonas que pueden predecir la aparición de síntomas de envejecimiento o algún tipo de trastorno senil:
Una vez realizados esos sondeos y ante la aparición de los primeros signos de envejecimiento o, en el peor de los casos, los primeros déficits en comportamientos adaptativos, normalmente asociados a demencias tipo Alzheimer, debemos orientar la intervención, de manera que potenciemos ciertas áreas, como por Ej.:
A partir de una de edad determinada, y sólo en algunos individuos con unos condicionantes determinados, se incrementa el riesgo de padecer trastornos de mayor impacto y afectación, como son las demencias. En el caso de personas con discapacidad intelectual, dicho riesgo se incrementa cuando ocurre asociado al Síndrome de Down o al Discapacidad intelectual Grave. Realizar un Diagnóstico Diferencial entre Discapacidad intelectual y Demencia, puede resultar complicado, teniendo en cuenta además que la coexistencia de ambos trastornos, el intelectual y el mental, hasta hace muy pocos años no ha sido reconocida, pues se explicaba el segundo como una consecuencia, casi inevitable, del primero.
En estos momentos, las dificultades para el abordaje de este tipo de diagnóstico se deben, sobre todo, a que se suelen dar dos tipos de situaciones: En un caso, el propio entorno, excesivamente sobreprotector, sin retos significativos para la persona y que tiende a adaptar el entorno para la satisfacción de las demandas, puede solapar la sintomatología e impedir con ello un tratamiento adecuado. En otro caso, se pueden identificar como demencia, trastorno irreversible, otro tipo de sintomatologías características de un trastorno reversible, como por ej. depresión, que, en edades avanzadas, puede producir síntomas similares.
El principal problema con el que nos encontramos a la hora de abordar el envejecimiento de las personas con discapacidad intelectual, es la dificultad que se ha encontrado a la hora de enfrentarnos a él, fundamentalmente porque los estudios científicos que se han acercado al mismo lo han hecho desde dos perspectivas diferentes: la ancianidad y la discapacidad intelectual de forma aislada.
Las investigaciones en torno a las personas ancianas con discapacidad intelectual son relativamente escasas, aunque se pueden encontrar aportaciones a partir de los primeros años de la década de los 80. Hay que señalar que sólo a partir de los años 90, se ha empezado a establecerse servicios de atención a personas con discapacidad intelectual de edad avanza
Los servicios futuros, que se han de crear para esta población, habrá que situarlos más allá de la simple opción “residencial”, con programas diversos y continuos, encaminados a la prevención del deterioro natural que el proceso de envejecimiento conlleva.
Toda oferta deberá basarse en el principio de normalización, abriendo un abanico de opciones, comparables a las existentes para la población general. Es evidente que cada persona (con retraso mental o sin él) envejece de forma individual, por lo tanto, será preciso ofrecer a cada uno de ellos el recurso más idóneo a sus características.
Sobre la base de esto, vemos la necesidad de clarificar las distintas opciones que se deben proponer a la población anciana con retraso mental:
Partiremos de la premisa de que la gran mayoría de la población anciana con discapacidad intelectual ha envejecido en un ambiente institucional y que por lo tanto el centro residencial es su domicilio. Por lo que sería deseable que acabaran sus días en este mismo entorno. Sería aconsejable establecer procesos de ajuste en programas y revisión de ayudas técnicas para que se pueda llevar a cabo, con garantía la prevención y el tratamiento de las necesidades que los usuarios van a presentar en los últimos años de su vida.
Esto no debe ser impedimento para que estas personas sigan formando parte de la comunidad y utilicen los servicios comunitarios.
Los gestores de servicios residenciales deberían apostar por la puesta en marcha de programas destinados a la prevención y tratamiento de los efectos del proceso de envejecimiento.
Para ello consideramos que se debería apoyar estas iniciativas, facilitando las ayudas tanto técnicas como humanas que sean necesarias para la realización de estos programas. Los programas a desarrollar en estas iniciativas son:
Terapia de conducta: una breve definición
Denominamos terapia de conducta al tipo de tratamiento basado en la psicología experimental en el que se considera que la conducta, si bien predispuesta por la biología, se ve determinada y puede cambiar por el aprendizaje y aplicación de patrones de comportamiento y pensamiento.
Ante la presencia de comportamientos desadaptativos y que generan un malestar significativo en la persona, es posible modificar dichos patrones enseñando otros más útiles.
De este modo, el objetivo general de este tipo de terapia es el de generar un cambio en la persona que pueda aliviar su sufrimiento y mejorar su adaptación, potenciando y optimizando sus habilidades y oportunidades en el medio. Para ello se pretende eliminar, añadir o cambiar una o varias conductas al repertorio del individuo mediante procesos de aprendizaje.
Este tipo de terapias se centra en el momento presente, trabajando el problema actual y siendo la historia solo algo que nos informa de cómo se ha llegado a la situación actual. El psicoterapeuta aplicará el tratamiento en función a las características del sujeto a tratar y sus circunstancias, habiéndose de adaptar la terapia a cada situación.
Si bien muchas de las técnicas y terapias aplicadas han ido permaneciendo desde que las terapias de conducta o de modificación conductual hicieran su aparición, la terapia de conducta no ha dejado de ir evolucionando en pos de mejorar tanto su efectividad como la comprensión de los procesos mentales y conductuales sobre los que trabaja.
Hasta el momento, se puede hablar de un total de tres grandes olas o generaciones de terapias que se han sucedido en el tiempo según predominaba una u otra corriente de pensamiento, superando cada una de ellas muchas de las limitaciones explicativas y metodológicas de los modelos anteriores.
Primera ola: Terapias conductistas
La terapia conductual nació en un momento de la historia de la psicología en que el conductismo surgía con fuerza como reacción a las terapias de corte psicoanalítico nacidas con Sigmund Freud.
Estas últimas se centraban en constructos hipotéticos no contrastables empíricamente, y consideraban que los trastornos del comportamiento eran la expresión de la mala resolución de conflictos inconscientes relacionadas con la represión de los instintos y necesidades.
Sin embargo, los modelos conductistas se oponían a estas consideraciones, predicando la necesidad de afrontar los trastornos a partir de datos comprobables y contrastables por la experiencia. Los conductistas se centraron en tratar la conducta presente en el momento del problema, preocupándose por las relaciones entre estímulos, las reacciones y las consecuencias de éstos.
La metodología de la primera ola
El comportamiento se entendía como un mediado principalmente por la asociación entre estímulos y las consecuencias de las respuestas dadas a ellos. Las terapias aparecidas en esta época se basan pues en el condicionamiento, trabajándose aspectos como la asociación de estímulos, la habituación o sensibilización a ellos o la extinción de las reacciones a los estímulos. Se provocan cambios de primer orden en la conducta, trabajando sobre el comportamiento directamente observable.
Algunos de los tratamientos pertenecientes a esta primera generación de terapias de conducta que se siguen aplicando son las terapias de exposición, el reforzamiento diferencial de conductas, las técnicas aversivas, el moldeamiento, la desensibilización sistemática o la economía de fichas y el contrato conductual (si bien en la actualidad se aplican acompañadas de tratamientos más cognitivos).
Las propuestas de la primera ola de Terapias de Conducta se utilizaban y se siguen utilizando para el tratamiento de fobias, crear o restablecer patrones conductuales y/o realizar entrenamientos en personas con capacidades reducidas.
El modelo conductista fue durante un gran tiempo el paradigma imperante en el ámbito de la psicología y el tratamiento de determinados trastornos mentales. Sin embargo, su concepción y utilidad son limitados: estos tratamientos solo tienen éxito en circunstancias y contextos concretos en los que pueden manipularse las variables que tienen que ver con la conducta, y tienen poco en cuenta el efecto de variables psicológicas como la cognición o el afecto.
El principal problema del conductismo es que aunque reconoce la existencia de un elemento intermedio entre estímulo y respuesta, debido a la falta de datos empíricos este punto era obviado y considerado una caja negra inexplorable. Por estos motivos, con el tiempo surgió otra corriente que intentó suplir las carencias de este modelo.
La falta de respuesta a múltiples interrogantes sobre los procesos que mediaban entre la percepción y la reacción y la poca efectividad de las terapias puramente conductuales sobre muchos trastornos con una afectación más propia del contenido del pensamiento provocó que numerosos expertos consideraran que el conductismo no era suficiente para explicar y producir un cambio en comportamientos derivados de elementos como convicciones o creencias.
En este punto se empezó a considerar que el principal elemento que origina la conducta no es la asociación entre estímulos sino el pensamiento y el procesamiento que se hace de la información, naciendo las teorías cognitivas y del procesamiento de la información. Es decir, la segunda ola de Terapias de la Conducta.
Desde esta perspectiva se consideraba que los patrones anómalos de conducta son debidos a la existencia de una serie de esquemas, estructuras y procesos de pensamiento distorsionados y disfuncionales, los cuales causan una gran cantidad de sufrimiento a quien los experimenta.
Los impulsores de la segunda ola de terapias no descartan la importancia de la asociación y el condicionamiento, pero consideran que las terapias han de ir dirigidas modificar las creencias y pensamientos disfuncionales o deficitarios. Así, esta corriente de hecho ha incorporado muchas de las técnicas conductuales a su repertorio, si bien dotándolas de una nueva perspectiva y añadiendo componentes cognitivos. De esta combinación surgieron las terapias de tipo cognitivo-conductual.
Poniendo énfasis en los procesos mentales
Dentro de este paradigma se presta gran atención al grado de eficacia del tratamiento, maximizándolo en la medida de lo posible, si bien a costa de dedicar menos esfuerzo a saber por qué funciona.
Esta segunda ola presenta un porcentaje de éxito mucho mayor al resto en una gran cantidad de trastornos, siendo de hecho el paradigma cognitivo-conductual uno de los más predominantes a nivel de psicología clínica en la actualidad. El objetivo es el cambio de las cogniciones o emociones que provocan la conducta desadaptativa, ya sea restringiéndolas o modificándolas. Algunas de las terapias de conducta más conocidas a nivel general son propias de este periodo, como la Terapia Cognitiva de Aaron Beck para la depresión, la terapia de autoinstrucciones o la Terapia Racional Emotiva de Albert Ellis, entre otras.
Sin embargo, a pesar de su éxito clínico este tipo de terapias tiene también algunos problemas. Entre ellos destaca el hecho de que se tiende a intentar erradicar todo lo que genera malestar, sin tener en cuenta que eliminar todo lo negativo puede causar patrones de comportamiento rígido que a su vez pueden ser desadaptativos. De hecho, el intento de control puede acabar incitando efectos contrarios a lo pretendido.
La segunda ola de terapias también tiene la dificultad añadida de que el hecho de haberse centrado tanto en hacer que las terapias sean efectivas descuidando el estudio del porqué provoca que no se conozca bien qué partes del proceso producen exactamente un cambio positivo. Por último, generalizar los resultados de esta terapia al contexto habitual de la vida del paciente y mantenerlos resulta complicado, y problemas como las recaídas aparecen con cierta frecuencia.
Estos problemas han provocado el relativamente reciente nacimiento de nuevas terapias que intentan dar cuenta desde una perspectiva renovada; se trata de la tercera ola de Terapias de Conducta.
Esta es la más reciente oleada de terapias de modificación de conducta. Se consideran pertenecientes a estas terapias de tercera generación aquellas elaboradas bajo la perspectiva de la necesidad de establecer una aproximación más contextualizada y holística de la persona, teniendo en cuenta no solo los síntomas y problemas del sujeto sino la mejora de la situación vital y la vinculación con el medio, así como la generación de un cambio real y permanente en el individuo que permita la superación definitiva del malestar.
Este tipo de Terapias de Conducta considera que los problemas psicológicos son debidos en buena parte al contexto sociocultural y comunicacional del individuo, y al hecho de que un comportamiento dado sea considerado normal o aberrante. Más que en la lucha contra la sintomatología la terapia debe centrarse en reorientar y refocalizar la atención del individuo hacia metas y valores para él importantes, mejorándose el ajuste psicosocial de la persona.
Estas terapias, aunque su uso aún no está extensivo son muy adecuadas para ser usadas con personas ancianas con discapacidad intelectual (en adelante DI) ya que se amoldan perfectamente las especiales necesidades y dificultades que presenta el colectivo.
Una perspectiva terapéutica centrada en el contexto
Desde las terapias de tercera generación se busca un cambio a nivel profundo, entrando más en el núcleo de la persona y menos en la situación concreta del problema, lo cual ayuda a que los cambios producidos sean más permanentes y significativos. La tercera ola se centra también en proporcionar una mejor comprensión de los síntomas. Asimismo, el objetivo deja de ser evitar el malestar o los pensamientos negativos a toda costa para pasar a ayudar a la persona con discapacidad intelectual a ser capaz de variar el tipo de relación y visión que tiene de él mismo y del problema.
Otro elemento a remarcar es la importancia dada a la relación terapeuta-paciente, que se considera que puede por sí misma producir cambios en los ancianos con DI. A través de la comunicación entre ambos se busca hacer que la funcionalidad de la conducta de la persona cambie, produciendo cambios a nivel profundo.
Dentro de esta tercera ola encontramos terapias como la psicoterapia analítico-funcional, la terapia conductual dialéctica o la Terapia de Aceptación y Compromiso. También el Mindfulness resulta muy interesante dentro de esta ola de terapias, aunque no como tipo de terapia en sí mismo sino como herramienta que ayuda en la gestión emocional.
La mayoría de aproximaciones terapéuticas a la población mayor se basan en intervenciones psicosociales, cognitivo-conductuales, de solución de problemas y/o programación de actividades. Este tipo de intervenciones presentan un marcado énfasis en el cambio o control de los pensamientos como eje causal del problema, una excesiva importancia del bienestar inmediato y una tendencia a estandarizar los tratamientos así un estilo eminentemente psicoeducativo.
Esta aproximación no podemos validarla en la atención a las personas mayores con DI ya que, por un lado, requiere de una activa participación de la persona y por otro busca respuestas inmediatas que rara vez se pueden conseguir en el trabajo con los ancianos con DI.
Durante los últimos años, han emergido un amplio número de terapias psicológicas que mantienen una aproximación radicalmente distinta a los problemas del ser humano. Tales terapias presentan una orientación marcadamente empírica, con un acento en los principios del aprendizaje. El objetivo de estas terapias se centra en alterar la función de los pensamientos, recuerdos, emociones u otros a través del contexto en el que estos síntomas resultan problemáticos a fin de construir repertorios flexibles y efectivos. Como forma de agrupar este nuevo conjunto de terapias han sido denominadas Terapias de Tercera Generación o Terapias Contextuales.
Las terapias de tercera generación o la tercera ola de terapias de conducta son aquel conjunto de terapias y tratamientos creados con el propósito de realizar una modificación de la conducta del paciente, pero desde un enfoque global y próximo a la persona más que al problema, teniendo en cuenta la vivencia del paciente de su problema y cómo el contexto social y cultural han producido que su conducta sea poco adaptativa.
Estas terapias, a diferencia de otras, respetan absolutamente las vivencias de las personas, sin menospreciarlas ni juzgarlas. Estas vivencias se utilizan como punto de partida para ayudar a la persona, en este caso a los ancianos con DI a ir modificándolas convirtiendo vivencias dolorosas en momentos que se puedan vivir desde la serenidad.
A diferencia de otras técnicas de modificación de conducta las terapias de tercera generación se basan en el poder del contexto y del diálogo para conseguir dicha modificación a través de la aceptación del problema tanto por parte del paciente como del terapeuta.
El objetivo principal de este tipo de terapias pasa por cambiar el modo de percibir el problema por parte del individuo tratado, sin intentar un control extremo o eliminar sus conductas como si fueran algo de lo que avergonzarse sino ayudándole a observar y replantear la relación entre dichos comportamientos y la funcionalidad que se les ha dado, así como la propia vinculación con su funcionamiento habitual, modificándolas desde la aceptación.
Es decir, se plantea la necesidad de ver el tratamiento no como una lucha contra unos síntomas, sino en una reorientación vital que permita generar cambios significativos, reales y permanentes.
Las terapias de tercera generación suplen algunas de las carencias de sus antecesoras, tales como la falta de focalización en los aspectos concretos del tratamiento que producen mejoría, la provocación de comportamientos rígidos que a su vez pueden ser poco adaptativos y la poca atención prestada al contexto comunicativo habitual del paciente, así como a la percepción del propio sufrimiento.
Las terapias de tercera generación tienen una serie de características propias de gran interés en el tratamiento de problemas psicológicos. En primer lugar, consideran que la conducta de un individuo no resulta plenamente explicable si no se tiene en cuenta su contexto. Si el tratamiento se reduce a tratar unos síntomas de forma directa sin tener en cuenta las variables que hacen de la conducta algo útil o necesario para el paciente, la generalización del tratamiento a la vida real será complicado para el individuo en tratamiento.
Otro aspecto a considerar es que las terapias de tercera generación tienen en cuenta la influencia moduladora del lenguaje, el hecho de que lo que nos digan otras personas y que feedback nos den respecto a nuestra conducta hará que veamos los comportamientos realizados de un modo u otro.
Vinculado con el punto anterior resulta destacable el hecho de que las terapias de tercera generación otorgan un papel fundamental a la relación terapéutica. Es destacable como esta modalidad de terapia se basa en la relación paciente-terapeuta lo cual, en el caso de los ancianos con DI es especialmente importante. A menudo la falta de herramientas para la comunicación verbal o incluso el deterioro cognitivo propio de las especiales características del individuo hacen fundamental que esta relación se genere y mantenga a través de vínculos que van más allá del lenguaje.
Si bien esto es común a todas o casi todos los tipos de terapia psicológica existente, en el caso de las terapias de tercera generación se ve dicha relación como un elemento o instrumento de cambio permanente, al producirse una interacción comunicativa y social que puede modificar la conducta de forma directa o indirecta. Otros tipos de terapia, si bien consideran fundamental la relación terapéutica, la ven más como el medio por el que el paciente aplica las técnicas y no como algo que produzca por sí mismo una modificación.
Si bien no son las únicas existiendo también otras como la terapia cognitiva basada en el Mindfulness, a continuación, se explican de forma breve algunos ejemplos de terapias de tercera generación que tienen una interesante aplicación entre el colectivo de las personas mayores con discapacidad intelectual.
Terapia de Aceptación y Compromiso
Esta técnica es una de las más conocidas dentro de las terapias de tercera generación, siendo su principal objetivo ayudar al paciente a autodescubrir los valores fundamentales del paciente y ayudarle a aceptar el dolor de la búsqueda de una vida feliz. Se centra principalmente en el trabajo sobre los valores sin evadir ni patologizar el sufrimiento.
A través de la autoaceptación, la observación de qué pensamos y qué creencias nos provocan dichos pensamientos y el centrado en lo actual, se busca guiar a que el paciente se involucre y comprometa a seguir sus propios valores independientemente de lo que la sociedad dicte, viviendo como uno cree que debe vivirse.
En el caso de los ancianos con DI que viven en servicios residenciales esto pasa necesariamente por activar programas de autogobernanza y autodeterminación que favorezcan que las personas tengan una cierta autonomía para la toma de decisiones a la hora de decidir cómo quieren vivir sus vidas.
Terapia Conductual Dialéctica
Otra de las terapias más conocidas dentro de las de tercera generación, la terapia conductual dialéctica ha sido diseñada con el fin de ayudar a pacientes con graves problemas emocionales que les inducen a comportamientos autodestructivos, tales como automutilaciones o intentos de suicidio.
Actualmente una de las terapias de elección a la hora de tratar el Trastorno Límite de la Personalidad, se basa en la aceptación y validación del sufrimiento del paciente para trabajar de manera dialéctica y a través de diversos módulos el control y gestión de emociones extremas e inestables. Se ayuda al paciente a confiar en sus emociones y pensamientos y se le ayuda a encontrar factores que le empujen a querer seguir adelante y a mejorar sus habilidades referentes a la auto-regulación emocional, tolerancia al malestar, autoobservación y manejo de relaciones interpersonales.
