El hecho de que el envejecimiento -que es común a todos- no sea
presente de la misma manera en cada persona, que algunos
las personas envejecen mejor que otras, nos hace pensar que esto es,
en gran medida un proceso individual y personal con diferentes
actitudes Hay personas que se adaptan mejor a la vejez y
representa para ellos una etapa distinta, aunque del mismo modo
valioso; hay, en cambio, gente que siente su vida
devaluado y sin sentido; y finalmente hay gente que no
ni siquiera pueden pensar en ello.(Cuenta, 1997)
Dado que trabajar con personas mayores con discapacidad es diferente a trabajar con otros perfiles, vamos a dar una serie de recomendaciones básicas a la hora de trabajar la gestión de las emociones.
Para incentivar el aprendizaje de las personas mayores con discapacidad es necesario saber que la forma en que interiorizan nuevos conocimientos o modifican los ya adquiridos es diferente, para ello debemos tener especial cuidado con los siguientes aspectos (Adaptado de Díaz Veiga et al. al, 2007):
Algunos aspectos importantes que debemos tener en cuenta son:
Es fundamental tener presentes algunos de los cambios psicológicos que pueden aparecer como son:
Por lo general, la mayoría de los estudios encuentran que los trastornos del comportamiento son los más frecuentes en las personas con Discapacidad Intelectual a lo largo de todas las etapas del ciclo vital. No obstante, los trastornos del estado de ánimo y de Ansiedad también aparecen frecuentemente.
Los trastornos del comportamiento son normalmente patrones desadaptados de conducta que interfieren en la actividad diaria del individuo y le limitan a la hora de responder a los cambios y a las demandas ambientales. El área mayormente implicada seria la Dimensión II “Conducta adaptativa” (habilidades conceptuales, sociales y prácticas) de la última definición de la AAMR entiende por ésta “el conjunto de habilidades conceptuales, sociales y prácticas aprendidas por las personas para funcionar en su vida diaria” (Luckasson y cols. 2.002)
Otros de los cambios, no menos importantes, que se producen a nivel psicológico durante el proceso de envejecimiento son aquellos relacionados con la parte más emocional y personal del individuo.
El proceso de envejecimiento, así como las diferentes transformaciones que de éste se originan, influyen de manera directa en la expresión emotiva de la persona que lo experimenta. A nivel general, esta etapa del ciclo vital se caracteriza por el aumento de las crisis y los problemas donde los factores estresantes cobran una relevancia representativa debido, por un lado, a las complejas situaciones de vida que presentan estas personas, y por otro, a las dificultades con las que se encuentran para afrontarlas. En este sentido, autores como Fernández-Ballesteros, Reig y Zamarrón (2008:33), afirman que: el ser humano es un organismo emocional en el que la inteligencia se entremezcla con el sentimiento y la pasión a la hora de comportarse inteligentemente. Los sentimientos y las emociones conforman la afectividad como importante ámbito psicológico.
Así pues, a continuación, se muestran aquellos cambios significativos que aparecen en la vejez en relación con el ámbito afectivo, emocional y personal del individuo:
Afectividad
Tal y como se ha comentado en apartados anteriores, la vejez conlleva una serie de situaciones novedosas y a su vez difíciles que deben ser afrontadas por el individuo, como por ejemplo la jubilación, la pérdida de seres queridos, la marcha de los hijos o la proximidad a la muerte, entre otros. Si se analiza objetivamente cada una de estas situaciones se puede llegar a considerar que éstas pueden provocar en la persona que las padece reacciones afectivas negativas, como depresión, soledad, malestar o incluso sufrimiento. No obstante, y tal y como exponen Fernández-Ballesteros, Reig y Zamarrón (2008), los resultados de diferentes estudios transversales que se han realizado referentes a la influencia de la afectividad en la vejez manifiestan que las personas que se encuentran en proceso de envejecimiento no expresan una menor felicidad, bienestar o satisfacción con la vida al ser comparadas con personas más jóvenes.
Además, estos estudios demuestran que la experiencia emocional negativa se da en menor frecuencia a partir de los 60 años, ya que es a partir de esta edad en la que se incrementa el manejo adecuado de los afectos, dando lugar a una mayor madurez afectiva. Por lo tanto, y teniendo en cuenta las aportaciones anteriores, no existe una correlación entre la edad y las reacciones negativas afectivas. En este sentido, Casrtensen (citado en Ruíz, 2010) elabora una teoría, llamada la teoría de la selectividad socioemocional, que permite explicar tanto el bienestar como el balance entre el afecto positivo y el negativo en el proceso de envejecimiento. En resumen, ésta considera que durante la vejez las metas afectivas y emocionales tienden a ser selectivas, es decir, el rol del afecto y la cognición se reestructuran a medida que pasan los años. Este hecho permite una cohesión entre ambos que influye en la persona provocando en ésta una mayor regulación de la emoción que da lugar a una maximización de los aspectos positivos y una minimización de los negativos, lo cual genera una mayor satisfacción o bienestar en el individuo.
Personalidad
Se considera que durante el proceso de envejecimiento los rasgos de la personalidad del individuo pueden remarcarse con la edad, pero en ningún caso se producen cambios significativos en éstos. En relación con esta idea, Moñivas (1998) manifiesta que la personalidad permanece de manera estable a lo largo de los años y que las personas que se encuentran en la etapa de la vejez presentan las mismas características que cuando son jóvenes. No obstante, tal y como expresa dicho autor, durante esta etapa del ciclo vital se origina una crisis en la que cobra relevancia el deseo de crecimiento personal y el decrecimiento biológico, es decir, el individuo puede evolucionar de una forma diferente – creciente- a la evolución –decreciente- de sus procesos biológicos y sociales.
Por lo tanto, aunque no se establezca ninguna modificación destacable, la personalidad se encuentra afectada por factores como el estado de salud, el entorno familiar, las pérdidas afectivas, la experiencia y en definitiva por la situación de vida que le ha acontecido. Cabe destacar que, aunque no existen cambios importantes de la personalidad en los individuos que se encuentran en este proceso, un aspecto que se puede contemplar y que en este caso sí que va en función de la misma, hace referencia al proceso de adaptación de estas personas. En relación con esta idea, Papalia y Wendkos (1989) consideran que existen distintos estilos de adaptación durante el proceso de envejecimiento en función del grado de actividad y participación de la persona en su trayectoria vital, así como los rasgos de personalidad y hábitos de respuesta que lo caracterizan.
En este sentido, Liliana Mejías (1993) apunta que en un estudio que se realizó en el año 1962 por Luiso y Peterson se establecieron dos tipos de pautas referentes al proceso de adaptación; las satisfactorias y las de insatisfacción. En cuanto a las satisfactorias, éstas se desarrollan en tres tipos de personalidad: madura, merecedora y acorazada. El tipo de personalidad madura hace alusión a aquellas personas que se han ajustado a los diferentes cambios, actitud que a su vez les permite disfrutar de la nueva etapa que prevalece.
Éstas se caracterizan por aceptar la realidad y por entender el proceso de envejecimiento como algo positivo, aprovechando al máximo los aspectos positivos que de éste se desprenden. En el tipo de personalidad denominada como merecedora se encuentran aquellas personas que, a nivel general, muestran una actitud de satisfacción pero desde una perspectiva pasiva, es decir, están satisfechos y a su vez se conforman con que otras personas se preocupen por su bienestar. Por último, el tipo de personalidad designado como acorazada se atribuye a aquellas personas que conservan su felicidad manteniéndose ocupados constantemente. Aunque se encuentran satisfechas con esta nueva etapa y con los cambios que aparecen, muestran actitudes ansiosas y de preocupación por lo que supone envejecer y/o enfermar. En relación con las pautas de insatisfacción, ésta se caracteriza por manifestar un elevado grado de agresividad y sentimientos de enfado.
Conducta
Para poder explicar las modificaciones que aparecen en cuanto a la conducta del individuo, es importante tener en cuenta que ésta se encuentra influenciada tanto por la personalidad como por la historia de vida del mismo. Autores como Brocklehurst (1985) y Hampton (1991) sostienen que los cambios de conducta de las personas que se encuentran en la vejez son el resultado de la incapacidad que presentan para hacer frente a las pérdidas que sufren como consecuencia del proceso. A rasgos generales, se considera que se tiende a evitar situaciones novedosas debido a la falta de recursos que se dispone para adaptarse, así como el esfuerzo que a la vez supone.
Además, se aprecian conductas rutinarias y estados anímicos de carácter decaído referente a las pérdidas afectivas que se sufren. Éste hecho conlleva a manifestar conductas de soledad y aislamiento que se originan por el temor a perder a más personas queridas e importantes. Cabe destacar que el estrés que el proceso de envejecimiento genera en algunas personas suscita determinadas conductas, como un ritmo de acción irregular, descoordinación, así como comportamientos repetitivos.
Muerte
El fenómeno de la muerte es una etapa más del ciclo de la vida y, aunque generalmente es un tema que se ignora, durante la vejez se toma consciencia ya que se considera como una circunstancia más próxima. En relación con este aspecto, Fericgla (2002) afirma que la concepción de la vida y la muerte adquiere un nuevo sentido para el individuo, no obstante, únicamente se acostumbra a pensar en el fenómeno de la muerte cuando está relativamente próxima o se dan pérdidas en el entorno más cercano. Es importante resaltar que la persona, en función de las creencias religiosas, la cultura, la educación y la propia experiencia, otorga un sentido en mayor o menor profundidad, pues estos factores condicionan la idea personal frente a la noción de la vida y la muerte.
Existen diferentes estudios que recogen las actitudes más significativas en la vejez referentes a la muerte, y en este sentido Esberger (1980) reitera que estas personas están familiarizadas con este tema, e incluso algunas realizan un trabajo previo de preparación para dicho suceso. Ziegler (1980) apunta que aquellos aspectos que generan sentimientos de preocupación y angustia en las personas que se encuentran en el proceso de envejecimiento aluden a morir en soledad, el miedo al dolor y el miedo al sin sentido.