Las características del entorno construido pueden constituir una barrera para la autonomía y el bienestar de las personas, o contribuir a promover el máximo grado de independencia, autonomía y bienestar, pueden aumentar las limitaciones o ayudar a compensarlas a medida que avanza la enfermedad.
Nuestra sociedad se ha enfrentado a múltiples y profundos cambios durante las últimas décadas:
Toda esta transformación nos está llevando a replantearnos algunos de los pilares sobre los que se asentaba nuestro actual modelo de bienestar.
Entre los factores que determinan la calidad de vida, el ambiente donde vive una persona mayor es un recurso fundamental, no solo en lo que se refiere a la parte física, sino también al vínculo emocional que desarrolla con el espacio donde vive, como con el barrio, y la conexión con el mundo en general (Yanguas, Sancho, Del Barrio, 2012).
La importancia de este “continente” donde queremos vivir a medida que envejecemos, se presenta como un aspecto ineludible al analizar este nuevo escenario de envejecimiento que se nos presenta hoy.
El diseño de entornos adecuados para las personas mayores, que respondan a sus necesidades y preferencias, es una disciplina que tiene cada vez mayor presencia e impacto en el diseño de modelos de atención centrados en la persona, especialmente en personas con demencia.
Estos modelos de atención empiezan a asumir dentro de sus enfoques la evidencia de que el diseño de los entornos donde viven las personas influye profundamente en su calidad de vida y en el desarrollo de la enfermedad, si la hubiere, o en la forma en que se puede afrontar.
En este sentido, el diseño de entornos terapéuticos se incluye cada vez más dentro de los enfoques no farmacológicos para minimizar el efecto que las demencias producen en las capacidades de las personas.
Un entorno diseñado específicamente para personas con demencia puede fortalecer y estimular el uso de las capacidades que se mantienen, frenar su pérdida y reemplazar las que se están perdiendo.
Un ambiente pensado, diseñado y ejecutado adecuadamente para responder a las necesidades específicas de las personas que lo habitan y/o utilizan puede convertirse en una herramienta muy útil para reducir los síntomas asociados a las demencias como la deambulación, la desorientación, la agitación, el retraimiento social y otros.
Ya en la década de 1970 se comenzó a analizar la relación entre el medio ambiente y las personas (Teoría de la presión ambiental, Lawton y Nahemow, 1973), y desde principios de la década de los 90 se lleva investigando para determinar qué papel pueden jugar los ambientes dentro de las terapias no farmacológicas para las personas con demencia, para comprender qué elementos del entorno producen bienestar y cuáles provocan conflictos, reducen la capacidad de disfrute y restringen las habilidades que aún pueden mantener estas personas (Lawton 2001, Calkins 2001, Wahl y Oswald 2011, Verbeek 2011).
Según el modelo de competencia ambiental (Lawton 1984), la relación ambiente-persona está determinada por la relación entre el nivel de competencia personal y la demanda ambiental: cuanto menor es la competencia de una persona, mayor es la influencia del ambiente sobre sus capacidades.
Se puede concluir que el entorno físico tiene una especial influencia en las personas en situación de dependencia, y en las personas que padecen deterioro cognitivo. Es necesario diseñar entornos que promuevan la máxima autonomía e integración, así como el bienestar físico y psicológico y maximicen las capacidades de las personas, es decir, entornos facilitadores.
La competencia personal depende de factores como la salud, las capacidades sensoriales, cognitivas y motoras. La demanda ambiental, por su parte, está determinada por las características físicas reales del entorno, y por las subjetivas.
Existen varios factores y características ambientales que se relacionan con el bienestar objetivo y subjetivo, por ejemplo: accesibilidad, seguridad, luz, ruido, tipo de acceso, vista al exterior, decoración, privacidad, espacios de socialización, tamaño de la salas, su organización o visión, etc.
Cuando una persona se encuentra en situación de dependencia o sufre un deterioro cognitivo, la memoria, el pensamiento, el movimiento, la orientación, la comprensión, el cálculo, el aprendizaje, el lenguaje o la capacidad de emitir juicios distintos a los simples pueden verse afectados. Estos trastornos están relacionados con un control reducido de las emociones, el comportamiento social y la motivación. Según el equipo del Centro de Referencia Estatal del Imserso Alzheimer (CREA, España), se ha demostrado que algunos síntomas psicológicos y conductuales de las demencias, como la depresión, la apatía, la deambulación y la agresividad, son susceptibles de mejorar mediante modificaciones ambientales.
Los problemas de memoria, deterioro cognitivo y funcional de las personas las hacen más vulnerables a las influencias ambientales (Briller et al., 2001), ya que estas personas “solo conocen lo que ven”, tienen grandes dificultades para interpretar todo lo que ven y les rodea, lo cual genera gran confusión y angustia. Son mucho más vulnerables a los cambios en su entorno. De hecho, cuando una persona con demencia es institucionalizada, pasando de vivir en su casa a vivir en un centro asistencial, es uno de los momentos de mayor angustia y estrés para esa persona, que no entiende lo que está pasando, lo que le rodea, que le rodea, pudiendo incluso responder con cierta agresividad a esa angustia.
Es en estos momentos cuando los ambientes juegan un papel fundamental: dependiendo de cómo se piensen y diseñen estos ambientes, pueden minimizar estas malas sensaciones o por el contrario, aumentarlas.

De la literatura sobre gerontología ambiental y diseño para personas con demencia podemos extraer los objetivos terapéuticos o aspectos clave que debe cumplir un entorno en respuesta a las necesidades y las características cognitivas y conductuales de las personas.
Existe cierto consenso sobre los aspectos clave que debe cumplir un entorno diseñado para conseguir los objetivos antes descritos: compensar en la medida de lo posible la discapacidad, maximizar la independencia, reforzar la identidad personal, mejorar la confianza, poseer cualidades que permitan comprender el funcionamiento del edificio y orientación fácil, controlar el equilibrio de estímulos, promover la interacción social, otorgar privacidad cuando la opción esté disponible, proporcionar senderos para caminar, tanto en interiores como en exteriores, etc.
ASPECTO CLAVE 1-La escala humana y ambiente hogareño.
La escala, la escala humana, ayuda a la personas con demencia a sentir que tienen el control de ese espacio. Espacios de tamaño doméstico, decoración ligada al bagaje cultural de los pacientes, mobiliario propiedad de los mismos etc. ayudan a que las personas con demencia se liguen más a estos espacios.
ASPECTO CLAVE 2-La personalización y sensación familiar.
La pérdida de pertenencia a un lugar y de la propiedad está muy asociada a la vida en instituciones sociosanitarias. Mantener la sensación hogareña y la propia personalidad aumenta esta sensación de pertenencia y reduce la agitación, estrés etc., mediante muebles propios, recuerdos, fotografías etc.
ASPECTO CLAVE 3-Interacción social.
El traslado físico a un lugar nuevo trae asociado la pérdida de las relaciones sociales. Los entornos deben contribuir, facilitar y estimular las relaciones sociales con espacios de escala adecuada, hogareños, sillones cómodos agrupados en ángulo, con iluminación adecuada etc.
ASPECTO CLAVE 4-Privacidad y control personal.
Proveer la privacidad cuando es necesaria y favorecer un entorno que apoye la capacidad de los residentes con demencia para tomar decisiones es fundamental, mediante espacios acogedores, accesibles y seguros.
ASPECTO CLAVE 5-Proporcionar sensación de confianza y seguridad.
Las personas con demencia y sus familiares tienen que sentirse en un entorno de confianza y seguros, que les permita realizar sus actividades. Sin embargo, las medidas obvias pueden provocar la frustración de los enfermos, agitación y enfado, por lo que deben de ser discretas.
ASPECTO CLAVE 6-Maximizar la orientación, tanto espacial como temporal.
Las personas con demencia pueden llegar a no reconocer absolutamente nada a su alrededor. Los espacios deben ser localizables e identificables para maximizar la orientación, visibles desde diferentes puntos, con continuidad espacial e identificación de los espacios, decoración y mobiliario asociado al uso, con pistas sensoriales (el olor a comida, ver la mesa puesta) etc.
ASPECTO CLAVE 7-Proveer una equilibrada estimulación sensorial.
La estimulación excesiva, sobre todo de ruido, puede alterar el comportamiento, estresando, restando capacidad de concentración etc. Una estimulación insuficiente puede contribuir a aumentar la apatía, a reducir el contacto social y al aislamiento.
ASPECTO CLAVE 8-Senderos para la deambulación.
La deambulación errática asociada a las demencias puede canalizarse si existen senderos o recorridos bien definidos, libres de obstáculos, sin cruces complejos, circulares, con puntos de interés y oportunidades para la interacción social, tanto interiores como exteriores.
ASPECTO CLAVE 9-Apoyar las habilidades funcionales de las personas.
Los entornos deben ayudar a compensar la pérdida de capacidades utilizando diferentes métodos: iluminación adecuada evitando destellos y diferencias de color que las personas con demencia no saben interpretar, luz natural y artificial ayudando en la percepción de la profundidad de campo etc.
ASPECTO CLAVE 10- La tecnología al servicio de las personas
Se debería poder poner al servicio de las personas con demencia, sus familiares y los profesionales que trabajan directamente con ellos toda la tecnología que se está desarrollando y podría contribuir a mejorar su calidad de vida integrándola en los entornos.